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El auténtico coronel Rico, un héroe ignorado

Militares víctimas de la Triple A: el coronel Martín Rico

El auténtico coronel Rico, un héroe ignorado 


BANCAS - Lucio Pedro Aberastain Ponte

INP (Face) 

Al comenzar 1975, Martín Rico estaba jugado. Entre otros motivos porque se había separado de su esposa, Carolina –que rápidamente había formado una nueva pareja con un compañero de promoción, el general José Antonio Vaquero–­ y, luego de una breve época solitaria, había iniciado una nueva convivencia amorosa con Lilian, que estaba embarazada.

Tenía 50 años y hacía mucho ya desde que, a fines de 1968, había ascendido a coronel. A pesar de haber hecho el curso de oficial de Estado Mayor, sabía que su “situación familiar irregular” era suficiente para que los fariseos de la Junta de Calificaciones no le concedieran tampoco en esta última oportunidad las palmas de general. Su carrera militar se acercaba al fin. En diciembre pasaría a disponibilidad, la antesala del retiro.

Porteño, infante, de estatura más bien baja, ancho y fornido, alegre y optimista pero muy reservado, Rico revistaba en la Jefatura II (Inteligencia) del Estado Mayor conjunto (ECM), con oficinas en la sede del Ministerio de Defensa, que entonces estaba en Paseo Colón 255, frente al Edificio Libertador.

Su jefe era general ingeniero Ernesto Federico Della Croce, que procedía del Tercer Cuerpo de Ejército con sede en Cordoba.

Della Croce le había pedido a Martín Rico velada pero repetidamente que por favor dejara la investigación a la que se había entregado en cuerpo y alma: la del terrorismo paraestatal de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) o Triple A.

Rico no tenía buena relación con Della Croce, pero creía contar con la protección del comandante en jefe del Ejército, el teniente general Leandro Enrique Anaya, de quien era íntimo colaborador.

Dos meses atrás, al celebrarse en Caracas la X Conferencia de Ejércitos Americanos, el coronel Juan Jaime Cesio, secretario general del Ejército, había redactado el discurso con el que Carcagno había impugnado la Doctrina de la Seguridad Nacional impulsada por el Pentágono y denunciado como principales enemigos de los pueblos a las transnacionales y el endeudamiento externo. Todo un hito.

Dos meses después ambos habían pasado a retiro. Sin embargo habían d dejado huella y Martín Rico fue el redactor del discurso de tintes nacionales y populares que Leandro Anaya pronunció al asumir la jefatura del Ejército.

Pasó algo parecido con Rico –que ingresó al Colegio Militar en 1943 en plena revolución juniana y egresó en 1946, con Perón en su magnífico primer año de gobierno– que tuvo su iluminación y camino de Damasco en el Operativo Dorrego, cuando en 1973 militares y militantes/milicianos de la Juventud Peronista vinculada a Montoneros trabajaron hombro con hombro paliando y paleando los desastres causados por las inundaciones en los alrededores de la ciudad bonaerense de 25 de mayo.

Luego de cavar acequias y reparar escuelas y edificios públicos, entre guitarreadas, por las noches, algunos jefes militares y jóvenes peronistas conversaban animadamente en los fogones. De esos encuentros participaron entre otros el general Albano Hardindeguy (futuro ministro del Interior de la dictadura), los montoneros Norberto “El Cabezón” Habbeger (futuro desaparecido) y Horacio Pietragalla (asesinado por el Comando Libertadores de América, versión cordobesa de la Triple A); el entonces líder juvenil y actual diputado nacional Juan Carlos Dante “El Canca” Gullo (que estuvo largos años preso mientras la dictadura secuestró y asesinó a su madre y a un hermano) y el coronel Rico.

Desde entonces, Rico se había entrevistado en varias oportunidades con Gullo y otros jóvenes peronistas.

Hay versiones encontradas acerca de cómo Rico comenzó a investigar a la Triple A. Las más insistentes aseguran que se trató de un encargo –formal o informal– del general Anaya. La Triple A había comenzado a actuar a fines de 1973, cuando reivindicó un atentado contra el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen a partir de lo cual se lanzó a una serie de atentados contra locales de la Juventud Peronista y partidos de izquierda.

Perón murió el 1 de julio de 1974. El último día de ese mes, sicarios de la Triple A asesinaron en la avenida 9 de Julio y Arenales al diputado nacional Rodolfo Ortega Peña, dando inicio a una cacería y a una larguísima serie de apariciones de cadáveres acribillados por variadas armas de guerra en lugares agrestes o despoblados, casi siempre con los ojos vendados y esposados o maniatados a la espalda.

Rico había pasado casi todo 1974 investigando la Triple A. Concebía la labor como un último servicio a la Nación como militar en actividad, y tras descubrir lazos entre las escuadras asesinas y la inteligencia del Ejército (dirigida por el general Otto Paladino) quería llegar a la verdad costare lo que costare y cayera quien cayera.

Aunque no se sabe que hubiera recibido amenazas directas, está claro que se sentía en peligro. Y no sólo porque evitaba caminar por la calle si no era en sentido contrario al del tránsito, y adoptaba otras muchas otras precauciones, como ir en zigzag, doblando en cada esquina. También porque antes de salir de las oficinas del EMC rumbo a su hogar, en la calle Moreno al 400 de Quilmes, llamaba a Lilian y le avisaba que si en ’45 minutos no llegaba, llamara a la policía.

Rico no tenía auto propio. Se movía en un Ford Falcon blanco patente C-625121 que le había provisto el EMC. “Llevaba siempre la pistola en el asiento, muy cerca de su mano derecha, y me decía que no se dejaría secuestrar: que dispararía a la vez que embestiría con el Falcon a quien lo intentara”, recuerda Lilian.

El coronel no podía dejar de percibir signos ominosos, amenazas apenas veladas. Un cúmulo de adredes “casualidades”. La Triple A había seguido asesinando. En San Isidro, al abogado Alfredo Curutchet, defensor de presos políticos. Y el pasado 20 de septiembre, a Julio Troxler, un prócer de la resistencia peronista, por cruel paradoja, sobreviviente de los fusilamientos del 9 de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez.

No se sabe que Troxler y Rico hayan conocido. Pero sí está claro que ambos investigaban a la Triple A, una tarea que para Troxler era tan natural como respirar.

Los asesinatos continuaron. Entre ellos los del teórico marxista Silvio Frondizi y del periodista Pedro Leopoldo Barraza. A fines de 1974, un amigo de Rico, el teniente retirado Oscar Igounet, dio una fiesta, y a la misma asistió un montonero que noviaba con una hija del general Miguel Angel Iñiguez, ex jefe de la Policía Federal. Iñiguez y el montonero intercambiaban informaciones y ataron muchos cabos.

Desde entonces –si no de antes– Rico mantuvo encuentros con el coronel retirado Jorge Oscar Montiel, de 58 años, quien revistaba en la SIDE. Montiel oficiaba de enlace con el Ministerio de Defensa y con el secretario Técnico de la Presidencia de Isabel Perón, Julio González, quien, insólitamente luego negaría haberlo conocido.

Montiel había sido nada menos que el jefe de la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF, ex Coordinación Federal) desde antes de la masacre de Ezeiza (20/6/73) hasta después del ataque al cuartel de Azul (20/1/74). Fue en el seno de la SSF que en esa misma convulsa época se consolidaron los escuadrones de la muerte que actuaban con la sigla AAA, liderados por el entonces subjefe de la repartición, comisario Alberto Villar, quien había participado en la masacre de Capilla del Rosario.

Durante los ocho meses en que Montiel estuvo al frente de la SSF, Perón ganó las elecciones y asumió su tercera presidencia, López Rega consiguió que se reincorporara como custodios suyos a dos policías federales expulsados por asesinatos y otros gravísimos delitos, el comisario Juan Ramón “El Chango” Morales y su cuasi yerno, el inspector Rodolfo Eduardo Almirón.

Por último, López Rega logró que Perón firmara la reincorporación al servicio activo de los comisarios Alberto Villar y Luis Margaride, también exonerados y con sobrados antecedentes de represores de peronistas: Villar había llegado a derribar la puerta de la sede nacional del Partido Justicialista con una tanqueta hacia apenas un año y medio.

En marzo de 1975, la Triple dio un salto cuantitativo al matar a casi medio centenar de personas. La orgía de sangre tuvo lugar el día 21, cuando un concejal y otros ocho militantes de la Jotapé en Lomas de Zamora, fueron secuestrados, apaleados, asesinados y sus cadáveres volados en lo que se conoce como “La masacre de Pasco”.

El miércoles 26 pasadas las 22, cuando Rico llegó al garaje aledaño a su casa de Quilmes –sobre la calle Moreno al 400– donde dejaba el Falcon blanco, fue secuestrado. Su mujer escuchó frenadas y chirridos de autos que salieron “arando” y un testigo que luego se arrepintió de haber hablado le dijo que escuchó gritar “Carajo, ¡no voy a subir a ese auto!”.

Esa misma noche, desapareció el coronel Montiel.

Entre las dos y media y las tres de la madrugada del jueves, según establecería el forense, Rico había sido asesinado con una escopeta Ithaka y rematado con cinco balazos de 9 mm. en la cabeza. Lo habían fusilado contra un paredón de ladrillos muy cerca del cementerio de Avellaneda, en la esquina de Almafuerte y Montes de Oca. Junto al cementerio donde apenas había algunas barracas de acopio de lana y cueros. A pesar de que los disparos atravesaron la noche, en la comisaría 1ª dijeron no haberse enterado de nada hasta que recibieron un llamado anónimo cerca de las 6. Por entonces, a esa situación todavía no la llamaban “zona liberada”, sino, en la jerga policial, “área libre”.

El Falcon blanco apareció en una playa de estacionamiento de la Plaza Constitución, sobre la calle Brasil, muy cerca del departamento en el que vivía el desaparecido coronel Montiel con su esposa.

Aunque faltaban las llaves del auto –y las de la caja fuerte que Rico tenía en el EMC– el Falcon no tenía un rasguño. Por lo que Lilian, su viuda cree que pudo haber habido quien oficiara de entregador.

Rico fue velado en el EMC y enterrado en la Chacarita, luego de una ceremonia a la que asistió un seleccionado de futuros represores, como los generales Carlos Guillermo Suárez Mason, Eduardo Viola, Osvaldo Azpitarte, Luciano Benjamín Menéndez y Santiago Omar Riveros.

En la ceremonia hablaron el coronel Saverio Salvatti y el general Della Croce. Salvatti habló en representación de sus compañeros de la promoción 75 del Colegio Militar. Que también integró el cordobés José Hoyas, alías “El Viejo” o “Villegas” que se había retirado como mayor hacía ya más de una década y dirigía el “Grupo 500” del Batallón 601 de Inteligencia, que se autofinanciaba robando desde Quilmes a La Plata.

Salvatti dijo que Rico había sido “un amante de la verdad” y que “para llegar a ella no aceptó fronteras”. Della Croce, en cambio dijo que Rico. Un valiente, debía haber experimentado una “tremenda frustración (…) ante la imposibilidad de un combate franco”, y llevó agua a su molino al prometer “aunar el esfuerzo nacional para terminar de una vez por todas con la violencia imperante en el país (…) del signo que sea”.

El general Vaquero fue rápido de reflejos: en pleno shock de la viuda embarazada cayó por su casa de Quilmes y se llevó los papeles del finado. Tras el golpe de marzo de 1976, Vaquero sería sucesivamente jefe del Estado Mayor General del Ejército, del Quinto Cuerpo y del Tercer Cuerpo, el mismo del que había sido subjefe.

Pero los papeles más importantes, Martín Rico los guardaba en su caja fuerte del EMC. En una ocasión en que se olvidó la llave en su casa, urgió a su familiares para que se la hicieran llegar cuanto antes, lo que parece indicar que no había otra copia en el EMC. Pero cuando Lilian se presentó en el EMC para retirar las pertenecías de Martín, se encontró con que la caja fuerte estaba abierta. Y vacía.

“Sabía que guardaba ahí los papeles de su investigación y también algunas otras cosas, como una lapicera enchapada en oro y una pequeña suma de dólares, que es lo que fui a buscar”, explicó. “Me pregunto con que llave la abrieron. Cómo les llegó”.

El Ejército hizo trascender que Rico investigaba una venta de armas, pero su viuda estima que posiblemente Martín estuviera investigando compras de armamento por parte del Ministerio de Bienestar Social.

Semanas después, el general Jorge Rafael Videla refunfuñó ante Lilian: “Su marido había perdido el vocabulario militar y utilizaba el propio de un sociólogo. Arengaba y criticaba en todo momento. Lo cuestionaba todo. A las instituciones, y particularmente al Ejército".

Se ve que Lilian quería mucho a Martín porque cuando nació su hijo le puso ese nombre sin importarle que, producto de su casamiento anterior con Carolina, Martín padre ya tuviera otro hijo llamado Martín, al que apodaban “Gigí”.

La crónica del entierro de Rico en La Nación concluyó así:

“Pasado mañana en el comando general del Ejército se completarán los pliegos de ascenso post-mortem al grado de general de brigada del coronel Martín Rico. Oportunamente el Poder Ejecutivo solicitará al Senado el correspondiente acuerdo constitucional”.

Pero por alguna razón ese trámite –automático para militares muertos en acto de servicio– jamás se completó. Hasta que a fines de 2006, el presidente Néstor Kirchner y la ministra Nilda Garré subsanaron esa añeja y clamorosa omisión. Y, de paso, también ascendieron post-mortem al desaparecido Montiel.

Fue justicia

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